El invento

34°23’44.0″N
132°27’13.0″E

Extasiado, excitado o cualquier palabra que describiera una emoción entre signos de exclamación. Así me sentía cuando, después de leer la novela de H. G. Wells “The World Set Free”, pude aplicar mis conocimientos físicos para patentar la fórmula .

Al exponer mi idea a Albert no hubo forma de contener las ganas de escribir al presidente Roosevelt. No había tiempo que perder. Teníamos que formar un equipo e iniciar las investigaciones.

La emoción te embriaga, no piensas en las consecuencias, todas las conmemoraciones posibles me venían a la cabeza. El éxito de ese proyecto salvaría millones de vidas, pondría fin a cualquier guerra, nos situaría a la cabeza del mundo.

Junto a mentes tan brillantes como Oppenheimer dotamos de vida a la ciencia ficción para cambiar la historia.

Ese titular tumbaba mis sueños cuando, a través de la televisión, se emitían mis peores pesadillas. En Hiroshima, un Boeing B-29 llamado “Enola Gay” vomitaba a “Little Boy”. La bomba atómica cambiaba el panorama de la humanidad, exhibiendo el arma más destructiva jamás conocida. La onda expansiva —que produce el bombardeo de neutrones a un núcleo de uranio— destruyó por completo mi conciencia junto a todos los del proyecto Manhattan.

 

Ilustración: José Ángel Hermosa

Juan Manuel Ramírez Paredes. Cuentos sin retorno. Madrid (2018).

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