La sábana

La niña no dejaba de agujerear la sábana con el punzón. Estiraba el tejido y, con un rápido movimiento de brazo, lo apuñalaba, esbozando una sonrisa. Era una acción casi armónica que repetía sin cesar. El sonido de la tela al resquebrajarse provocaba que sus diminutos ojos se abrieran en gesto de asombro. Clavaba la herramienta y, después de hundirla completamente, extraía la afilada punta.

Cuando consideró que la prenda estaba suficientemente agujereada, empezó a introducir el dedo en uno de los orificios. Primero ayudándose con la uña, que giraba intentando traspasar una de las perforaciones que había abierto con el punzón. Después de un rato, logró entrar la mitad del dedo índice, rotándolo de izquierda a derecha, como el que hurga en la tierra, hasta que, por fin, consiguió meterlo totalmente.

La niña agarró la sábana y la expandió. Debajo de la tela se oyó una voz: «El cielo está precioso. Hoy hay luna llena».

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