El espíritu de Noé, de “La muerte y su antídoto” (Alonso Guerrero)

Ten presente tu desdén por el retorno: quien escribe no vuelve atrás. No recapacita. No se arrepiente. Resigna eternamente ese momento de renuncia que acaso ya te merma como una insolación. Diste tu corazón para que de él comiese una fauna pálida y furiosa. Destinada a salvarse, a volver indemne a poner los pies en la tierra, de algo tiene que vivir en el pasillo de las tinieblas. Cuando los abandones, esos animales serán tu testamento y tu descendencia. Aprende a librar tales combates: son los vientos que soplarán tus velas. De nada sirve zozobrar por la seducción de lo desesperado: lo han hecho tantos que el fracaso ya es una cuestión estadística. Mantente alegre dentro de tu tristeza, como un patinador por las calles oscuras y vacías. Irrumpe en los salones concurridos como un cometa fulgurante, pasa así por la vida, para que nadie eche de menos aquello que pudo haber tomado de ti. Lo que tengas que hacer, hazlo en soledad, rodeado de esas bestias y de sus alientos, que te han sido legados. Sé tú la muerte, el albacea, el heredero… No pierdas el tiempo —el tiempo es una mesa redonda a la que no has sido invitado— con los sinsentidos de la vida, pues son tantos que te arriesgas a perderla antes de llegar a ser siquiera un taxonomista. De ti depende que en tu corazón no quede una gota de sangre: todo lo que conserves es pecado contra tu propia esencia y libertad. Sin embargo, no ames jamás a las fieras que te habitan, somételas; si no, se volverán perros falderos y te harán encallar en la vida burguesa, esa suerte de costosa bula de los que van derechos al infierno. Esa esperanza de los que no esperan nada. Que tu minúscula humanidad se vuelva ciclópea en la animalidad de lo que llevas dentro. Procura que esa bestialidad ruja hasta que sobre tu cabeza haya siempre un cielo tormentoso dispuesto a fulminarte. Entonces tus manos cogerán la pluma urgidas por lo único que puede servirte: la riquísima versatilidad de dar forma a lo que tienes dentro. ¿Por qué escribes? Porque ese es tu rasero, porque escrtibir es un vacío colmado de totalidades, una eternidad colmada de plazos. Haz que la fidelidad para contigo mismo se vuelva en traición hacia los demás. Así les mostrarás, tras un vidrio reforzado de sucursal bancaria, las máscaras que ya no podrán volver a ponerse. Quítales sus atributos y juega con ellos como un malabarista. El escritor es un trilero que estafa porque mete la verdad bajo uno de sus tres tapones de tintero. No muestra la verdad: muestra la estafa. Si después te denuncian o te acribillan, prefiere las balas al discurso tópico de la ley, o al de los periódicos. Lo único que te importa de los demás es el dedo que aprieta el gatillo. Ese dedo soporta, al menos, una culpa; es parte de un heterónimo… Deja que el hombre, como congénere, como compañero de jaula, haga cameos en tus películas sin presupuesto, pero no los conviertas en una estrella que dé fiestas como el gran Gatsby. Escribes para un público que no te lee. Matas un tiempo que transcurre de otra forma que el de aquellos que te alaban o te critican. No te conformes con la insolencia, sé simplemente certero. Cultiva la amabilidad como un modo de indiferencia, de otra forma tendrás que escribir en un pico de la mesa donde se sirve el cóctel. Si miras al mundo, que sea a través de una barbacana. Si bajas a recoger material a la calle, ármate como un sicario, no como un predicador. Alineate cuanto antes del bando de los que conspiran, no de los que te asiente. Eres un perturbador, no un denunciante. De otra forma, la vida no se te antojará más que un pabellón de reposo, un campo donde tu alma siembra y no recoge. Deja para el resto de los hombres inquietudes como la opinión, la felicidad o la tolerancia intelectual. Tú eres un animal que crea, habitado de animales que te destruyen. Vives en una celda y duermes con los ojos abiertos, porque las estrellas fijas del cielo se pasan las noches aporreando tus párpados. Al primer síntoma de mansedumbre pásate tres días sin comer, recorriendo tus fronteras valladas hasta dar con el sitio por el que tu soledad ha sido vulnerada e invadida. Cuanto más cruel sea la muerte que des a la mansedumbre, mejor señalado estará el camino que has de continuar. No te permitas bifurcaciones ni paradas. Toda parada es una pérdida de fe, toda bifurcación una añagaza de la muerte.

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