¡Ay, chíviri, chíviri, chíviri. Ay, chíviri, chíviri, chon!

Huele a torrijas en todas las casas menos en la de mi abuela. También se hacen, pero nunca faltan varios quesos que impregnan la cocina con su olor. Hay café recién hecho y churros para desayunar. En una bolsa de papel se esconden los bollos dormidos, que irán mermando sin tiempo a que puedan endurecerse.

Los pañuelos rojos se amontonan sobre la mesa del salón. Comienza nuestra procesión y tenemos que turnarnos para la ducha. Los más trasnochadores aún duermen plácidamente. Corren el riesgo de que no haya agua caliente para su baño. Somos muchos.

—¿Vais a venir a comer? —preguntan desde el interior de la casa.

—No lo sé —respondemos saliendo apresurados por la puerta. Sabemos que no será así, pero el día de hoy es impredecible.

Entre los pastores predominan los colores oscuros. Las pastoras lucen los trajes tradicionales con laboriosos bordados en vivos colores sobre refajos y polleras. Visten alpargatas, medias, pololos y corpiños sujetos por cordeles. Complementan su indumentaria con camisas blancas, joyas doradas y bellos pañuelos. Todos cargan botas de vino y enormes hogazas de pan.

La calle está resbaladiza por el paso de los cirios incandescentes de los días anteriores. En los balcones cuelgan todavía ramas de olivo. Desde las doce, en la plaza, se escuchan los cánticos que perdurarán hasta altas horas. Los más madrugadores han conseguido ocupar sus lugares habituales para resguardarse en los soportales del sol. Mientras, los insomnes se ocultan tras unas gafas oscuras. Viejos amigos y familiares se reencuentran. Siempre hay nuevos forasteros y, algunos, nunca hemos fallado a esta cita desde que tenemos uso de razón. Cualquiera de mis amigos y conocidos, si no han tenido la suerte de acompañarme, han oído hablar de él.

— ¿Alguien quiere una cerveza? —grito al llegar al centro de operaciones en ‘Las Cadenas’.

— Yo mismo, pero después hay que ir a ver a ‘Pizarro’ —responde mi padre.

— ¡Al fin del mundo! (O, para los foráneos, el recorrido desde la plaza a la calle Sillerías. García Paredes para los más jóvenes).

Los músicos tocan sobre el escenario. Llevo mi pañuelo rojo. En cualquier parte del pueblo de mi madre resuena un himno: ‘¡Ay, chíviri, chíviri, chíviri. Ay, chíviri, chíviri, chon!’ Porque desde mi ventana se observan las cosas más maravillosas que sucedieron al otro lado. Pero, también, a veces, se vislumbran nuevas y mejores vivencias, a sabiendas de que ocurrirán de nuevo.

Hoy, Trujillo, el pueblo más bello de España, no se encuentra vacío, puesto que nuestros corazones danzan por sus calles. Pase lo que pase e independientemente de donde nos encontremos.

 

Artículo publicado en el periódico HOY:

¡Ay, chíviri, chíviri, chíviri. Ay, chíviri, chíviri, chon!

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