Pareidolia

Cuando el padre de Fayna apagaba la luz, todas las sombras de su habitación cobraban vida. Varias figuras se retorcían y bailaban alrededor de la cama, acechando sus sueños. Fayna sabía que la única manera de pasar la noche era esconderse bajo las sábanas, donde todo era oscuridad y miedo hasta el día siguiente, pero, al menos, estaría a salvo.

Con las luces del alba, la figura de la bruja se transformaba en su ropa amontonada sobre la silla. La garra misteriosa que, cada noche, intentaba atraparla, amanecía como un hermoso almendro al otro lado de la ventana. El día convertía a cada uno de los monstruos de la penumbra en objetos cotidianos o, simplemente, cada criatura se escondía en su interior… No le encontraba explicación, pero tampoco se atrevía a contárselo a nadie. ¿Y si revelar su secreto hacía que las criaturas se enfurecieran? O peor, que también se presentaran en la habitación de su confesor. Fayna no podía arriesgarse a que algo malo le sucediese a otra persona.

Cierta mañana, caminando hacia el colegio, observó cómo la sombra de una nube dibujaba un unicornio en el suelo. ¡Le encantaban los unicornios! Persiguió su figura hasta que se diluyó entre las calles. Al levantar su cabeza, un hombre se encontraba calentando sus manos sobre una hoguera que desprendía humo con la forma de un hermoso corazón. Fayna sonrió amablemente.

–¿Qué persigues, niña? –preguntó aquel señor.

–A un unicornio sombreado en el suelo –respondió Fayna.

–La realidad es frustrante, pero la imaginación es alucinante. No dejes de convertir el mundo en una habitación de sueños. Nunca dejes de colorear las sombras. ¿Y sabes qué es lo único que necesitas para conseguirlo?

–Si le digo la verdad, señor, creo que no…

–¡Libros! En ellos encontrarás lo necesario para conseguirlo.

Fayna, después del colegio, se dedicó a recopilar todos los libros en los que aparecían las cosas que le gustaban. Al terminar de leer, observó cómo era capaz de convertir cada silueta en lo que su creatividad se propusiera: Un globo, un pájaro, un pez… ¡O todo a la vez! De esta forma, encontró un mundo de fantasía en las sombras que ella cobijaba en su imaginación.

Cuando, aquella noche, las luces de su habitación se apagaron, Fayna encendió la bombilla de su ingenio y cada monstruo se transformó en un ser de colores, sus nuevos amigos. Animales fantásticos que nacían de su creación. Ahora, la noche tenía más luz que el día y sus sueños cobraban vida para acompañarla mientras dormía.

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