Monstruos

Siempre duermo con un pie fuera de la cama, obviando los monstruos que se esconden debajo y quieren atraparme. Pero esa noche no sucedió de esta forma. Debido a un mal sueño, me agité demasiado y me precipité al suelo. La única parte de mi cuerpo que permaneció sobre el lecho fue la extremidad con la que habitualmente tiento a las tinieblas. El golpe de la caída no me desveló, por lo que tampoco pude percatarme del riesgo que corría al estar recostado junto a las puertas del infierno…

Noté que algo me agarró y, aún en duermevela, una voz de ultratumba se dirigió a mí: “¿Qué haces en el suelo? Sube a la cama, cariño.”

Me incorporé y regresé para dormir junto al monstruo. Con un pie fuera de la cama, ahuyentando cualquier peligro.

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