Desaparecidos

Ninguno de los niños que había en el arcón era Tomás. El sollozo que me ha despertado era el suyo y estoy completamente seguro de que provenía de este baúl. Veo al resto de niños que duermen apaciblemente, pero no hay rastro del pequeño Tomás. Tampoco se oye su llanto.
Son las tres y media de la madrugada, todo está en penumbra. Fuera de la casa tan sólo se escucha el sonido de los insectos nocturnos que deambulan en la noche.
Entre las sombras, una figura se acerca a mí lentamente. Noto que agarra mi mano y me dirige hacia el espejo. Con la otra mano busco la llave de la luz. Tiento a oscuras la fría pared hasta dar con la clavija que ilumine la habitación. Una vez consigo encender el interruptor, Tomás aparece. Se encuentra acurrucado, dentro del saco que sostengo en mi mano.

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