Como el que cree que tiene un gato

Observo la taza de café a través del humo de un cigarro que se consume en el cenicero. A su lado, otro recipiente vacío. Me encuentro solo y pienso que la imagen evoca a la residencia del dueño de un gato, aunque la palabra dueño no corresponda a un animal como el felino.

Tanto en la categoría doméstica como salvaje, son los gatos los que deciden a qué recinto llamar hogar. Esta decisión nunca estará en manos de un ser humano. Lo cierto es que nunca he comulgado con los pronombres posesivos, ni con el verbo tener, mientras no sean referidos a un mero objeto. Nadie es dueño de nada que tenga vida y, por supuesto, esto no aplica a los mininos. El ser humano, siempre en actos de estupidez para el incremento de su superioridad, ha encerrado desde un pájaro a un tigre. Pero ese adjetivo parece insignificante ante alguien que crea que puede confinar a un felino, porque es difícil poner paredes a los que contemplan el mundo entero como lugar de residencia.

El gato acude cuando hay algo que contar, sus costumbres serán las pautas. Cambiar esto es un imposible, jamás lo intente. Sólo un insensato gastaría energías en procurar domar a un animal así. El gato pasea a su antojo, nadie conoce su rumbo. Huye y regresa cuando considera que es hora de volver. El gato sabe disfrutar de la soledad, porque —repito— es dueño de sí mismo; pero también propone abandonarla. Decida acercarse a este animal para compartir la suya cuando esté preparado o perderá la cabeza.

Como el que tiene un gato hay que obviar la incertidumbre de un nuevo encuentro, porque el gato no entiende de agendas, ni fijará ninguna cita. El gato ansioso perseguirá cualquier pájaro para darle caza, no deje que ningún ave recale en sus pensamientos. Como el que tiene un gato no espere que acuda a su llamada, la espera podría ser interminable. De los felinos se debe aprender a disfrutar de su presencia. Guardar las ganas para cuando esté cerca, tan cerca que ambos podáis sentir el miedo interior. Mirar a los ojos y descifrar el puzzle de su brillo. Después, esperar ver como se marcha, gira su cabeza y maúlla mientras desaparece. Como el que tiene un gato sólo se debe contemplar dejar la ventana entreabierta sin previsión de un visita inesperada. No esperar con hambre nuevas confrontaciones o deseos de alguna caricia que ericen los cabellos. En definitiva, saber disfrutar de sus concesiones.

Con estos pensamientos se diluye el humo en el cenicero: el recuerdo de un encuentro que me dejó algún arañazo, un muerdo y una bola de pelos en la garganta. También un olor peculiar en las sábanas y algún que otro signo característico de los animales nocturnos. Como aquel que tiene un gato… o quizá, esperando deslizar mi cuerpo por la puerta entreabierta en busca del ser humano que crea ser mi dueño.

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