La bestia

Aquellos enormes ojos me deslumbraron. Se acercaban a gran velocidad —tuve que dar un brinco para no ser arrollado—. La bestia se detuvo en seco, dejando atrás el rastro de la frenada y un grito en forma de chirrido. Sus ojos se volvieron del color de la sangre. Los miré fijamente y lancé mi más fiero maullido.

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