Sueños de un seductor

—Es un Jackson Pollock precioso ¿Eh?

—Sí que lo es.

—¿Qué le sugiere a usted?

—Ratifica la absoluta negatividad del universo, el odioso vacío solitario de la existencia, la nada. El predicamento del hombre dedicado a vivir en una desierta eternidad sin dios como una diminuta llamita que relampaguea en un inmenso vacío donde solo hay desperdicio, horror y degradación formando una inútil camisa de fuerza que aprisiona un cosmos absurdo.

—¿Qué hace el sábado por la noche?

—Me voy a suicidar.

—Pues el viernes por la noche…

 

Escena del museo: Woody Allen y Diana Dávila.

“Sueños de seductor” (“Play it again, Sam”. Herbert Ross, 1972)

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