El árbol

Su mano pulsó el botón de alarma un minuto antes de que sonara el despertador a la misma hora de todos los días: seis y cincuenta y cuatro. Esa era la forma de evitar que el estridente pitido de Chernobyl inundara la habitación y despertara a Dorothy. Franz aún no conocía el sonido de su despertador, Dorothy tampoco… ¿Quién quiere oír la voz del diablo cada mañana?

Preparaba café y calentaba la leche. Dos cucharadas de azúcar en taza de porcelana inglesa. Idénticas medidas en la mezcla. Zumo de dos naranjas, recién exprimidas, y dos tostadas con mantequilla. Ducha con agua fría, fuese verano o invierno; camisa blanca; traje oscuro, y directo al trabajo. A las ocho en punto entraba por la puerta de la oficina. Ni un minuto más y ni un minuto menos. Ritual de lunes a viernes.

En su despacho, el escritorio estaba perfectamente ordenado, cuadrícula con cuadrícula. Cada vértice de folio o carpeta se encontraba alineado con los bordes de la mesa. Los posts it colocados al milímetro, de modo que pareciera un tablero de ajedrez. Mismo número de bolígrafos de cada color, también ubicados de forma idéntica y paralelos entre sí. Caligrafía de copista medieval, con letra negra para el fondo blanco y roja para los recordatorios.

Franz trabajaba como analista. En la empresa era conocido como “El notario”, por garantizar la legitimidad de cada dato. No existía persona más pragmática sobre la faz de la tierra. Todo estaba medido, todo estaba pensado antes de hacerse. Controlaba el tiempo y todos los días eran una réplica del mismo día de la semana anterior. Mismas pautas, misma comida, mismo traje… Orden y perfeccionismo obsesivo.

Apático emocional, práctico al fin y al cabo, pero demasiado racional, si es que ser racional puede ser excesivo hasta convertirse en racional no humano. Sin sentimientos ni pasión por nada. Kant tendría alguna crítica a su comportamiento.

Uno de sus pocos amigos, médico, afirmaba que, si pudiese contemplar su cerebro, seguramente carecería de glándula del sistema límbico. Su propia madre decía que ni siquiera lloró al nacer, su melancolía quedó anclada en aquella placenta. Cualquiera de los dos podría estar hablando de Michael Smith en “Forastero en tierra extraña”, un marciano entre nosotros.

Dorothy y Franz llevaban juntos desde la adolescencia. Él era un tipo apuesto, que ahora rondaba los cuarenta. Entonces ya era un joven atractivo, pero fue su seriedad, su indiferencia ante cualquier emoción, su inteligencia y el realismo con el que afrontaba y veía la vida lo que enamoró a Dorothy.

Su esposa era una de esas mujeres poco corrientes. Podría elegir a cualquier hombre a su lado, y de carecer de sentimientos, pasearlo con una correa. Quizás soñadora, pero suficientemente sagaz para saber que quería a Franz cerca.

Franz reconoció la inteligencia de aquella chica desde que conoció su nombre. Su belleza saltaba a simple vista.

—¿Te llamas Frank… por Frank Baum?

—No, es Franz, terminado en “z”. Por Franz Kafka. El nombre de pila de Baum era Lyman, pero firmaba como L. Frank, de ahí que pocos lo conozcan así.

—Pues mi nombre es por uno de sus personajes —respondió Dorothy.

—¿Gregorio o Grete Samsa?

—Dorothy Gale…

A partir de ahí, Franz decidió por instinto que su compañía podría aportarle más que su soledad, aunque nadie a excepción de Dorothy habló nunca de amor. Para ella, aquella conversación no supuso nada más que un acto de pedantería. Pero alguien esquivo, casi inalcanzable, puede convertirse rápido en un objeto de deseo. Del odio al amor…

Se habían casado unos meses antes. El matrimonio ya no era una unidad, sino dos personas. Una ceremonia por lo civil con los testigos necesarios. Meditado, como todo lo que rodeaba a Franz. Desposarse no contempla más que otro compromiso. La seguridad para el ateo ante leyes y convenios. Un documento para el registro y la posibilidad de desgravar gastos. Pobre de aquel que se casara por amor… En este caso, el análisis de Franz fue simple: era más rentable ese papel. No hubo pedida de mano ni ningún acto de sentimentalismo, a lo cual Dorothy ya estaba acostumbrada.

El problema de casarse es el sinsentido de la promesa: «todos los días de mi vida». Una idea romántica dentro de un acto que aún no ha sido adaptado a los tiempos actuales, que se desgastó a base de no dejar de venderse, de equivocarnos dentro de ese concepto.

Dorothy no creía en el amor romántico, y era consciente de que Franz jamás entendería o aplicaría esa teoría. El compromiso había recalado en su mente. Lejos de incumplir su promesa, ahora sentía un deber y se veía casada con el hombre de hojalata

Confesó su temor a Franz la noche anterior. Nunca se ocultaban nada. Sus conversaciones eran carentes de cualquier doble sentido. Directas y crudas, como nunca deben ser las palabras entre dos amantes. Sin adornos, imposibles o futuros de película de Hollywood.

—Franz, a veces pienso que no eres humano —dijo mirando a sus ojos.

En un principio, Franz restó importancia a los miedos de su mujer. Pero después, ese mismo pensamiento, más fuerte incluso que el de perder a Dorothy, afloró en la calculadora cabeza de Franz. Esas preocupaciones absurdas que la mente propone cuando no existe nada más en lo que pensar. Esas ideas que si prolongamos más de los veinte minutos al día —que se deben dedicar a los asuntos que no aportan nada— pueden convertirse en una obsesión. Palabras que salen de una mente para rebotar en la otra.

Desde que amaneció, Franz había centrado todos sus propósitos en buscar un sentido a aquella frase: “No eres humano”. Dorothy no era de esas mujeres que miran con reproche a los ojos, intentando cambiar una opinión que debe evaluarse. Dorothy jamás había descuadrado a Franz en nada que estuviera marcado a fuego en su cabeza. No era ninguna treta, era un sentimiento más profundo que cualquier capricho.

Sentado frente al ordenador, se centró en analizar qué aportaba humanidad al ser humano. ¿Qué afloraba las emociones y podría dotar de corazón al hombre de hojalata? ¿Qué puede dar humanidad a un marciano? Más terrenal… no existía nadie.

No despertaban nada en él la música, la poesía, la literatura, la fotografía o el cine. Eran meros entretenimientos para ocupar el tiempo vacío. Cultura sin otro ánimo que ser conocedor de ella. La senda de la búsqueda de la felicidad a través de la cultura puede ser un camino interminable que siempre termina en fracaso. Asumirlo como pasatiempo, ausente de melancolía y afecciones, era lo práctico. Prefería los números. Las matemáticas son exactas y finitas en los casos reales. Había leído mucho, pero ningún autor suscitó nada en él, aunque reconocía su valía. Únicamente “La Ilíada” de Homero le sonsacó una mueca de satisfacción por terminar una obra de versos interminables. El talón de Aquiles de la poesía. En definitiva, un hombre culto sin ser amante de ninguna de las artes.

En su particular pesquisa de aquel algo que despertara al humano que llevaba dentro, tras horas analizando a poetas, grandes pensadores, novelistas, políticos, músicos, pintores, ciudades o cualquier otro elemento que produjera la cardioversión racional, encontró lo que puede determinarse como su conclusión. Internet es el demonio de los libros, pero contiene más información que la librería de Alejandría.

Descubrió en un primer análisis el vínculo del ser humano con la naturaleza. A él nunca le llamaron la atención los cambios de estación, las flores, un atardecer, o cualquiera de los eventos que ésta nos dedica. Franz no paseaba, conocía su origen y sabía su destino. Franz observaba cómo un detective, indagaba y ejecutaba en consecuencia. La vida contemplativa no es práctica y cualquier emoción ilógica es una debilidad. Pero había un inicio concluyente: la naturaleza hace al hombre y el hombre es naturaleza. ¿Sería la suya no ser humano? ¿Podría encontrar en ella el camino hacia Oz junto a Dorothy? Con la convicción de que las matemáticas no fallan, y aunque irracional, el número áureo rige las medidas de sus componentes, Franz se encontraba dotando de vida su propio “Hombre de Vitrubio” bajo la lógica que le caracterizaba. Todo comienza con un boceto.

El siguiente paso era sencillo. Bastaba desglosar el grupo de elementos que definen los patrones que componen la naturaleza: tierra, agua, aire y fuego.

El fuego puede aportar calidez, extasiar; pero es un instrumento cuya ira puede destruir un ecosistema. El aire, materia invisible que sólo se siente cuando corre; y lo que se mueve veloz… se lo lleva el viento. Alas de un instante que no perdura en el tiempo. El agua (océanos, ríos…) fluye, compone la mayor parte de nuestro cuerpo; refresca, y a la vez, ahoga. ¿Cómo encontrar sentido en algo que no puede contenerse en ningún recipiente sin evaporarse? Elementos donde cada molécula sea otra cada vez que se roce. Algo que se escapa entre nuestros dedos al intentar agarrarlo, algo sobre lo que no podemos sostenernos… Recursos que en exceso son devastadores, no podían ser la respuesta. La tierra es el elemento que da nombre a nuestro planeta como madre de la humanidad. Sobre ella nacemos y bajo ella moriremos. Al fin y al cabo, ésta contiene los otros tres. No había más que decidir, la naturaleza del ser humano se extiende sobre la Tierra, y éste, es el patrón más sólido. Si Franz era el quinto elemento: vacío, éter; en la tierra estaba la clave.

En quien un mapa se dibuja atento,

Pues el cuerpo es la tierra,

El fuego, el alma que en el pecho encierra,

La espuma el mar, y el aire es el suspiro,

En cuya confusión un caos admiro;

Pues en el alma, espuma, cuerpo, aliento,

Monstruo es de fuego, tierra, mar y viento.

Quedaba encontrar el objeto que lo hiciera despertar, que le inspirara la vida. Descubrir el sentimiento de pasión, amor y melancolía que ahora se demandaba de manera casi obsesiva. Una vez diseccionados dichos elementos, faltaba el nexo para el crecimiento de su alma. Junto a las matemáticas, se apoyó en la ciencia, la química y la física. El siguiente paso debía ser más poético, y a la vez, tener una base legítima: su conclusión filosófica sobre sí mismo.

Lorca y sus naranjos; el olivo en “La Biblia”; el almendro de Van Gogh; limoneros, encinas y olivos para Miguel Hernández; “Árboles”, de Benedetti; baobab para “El Principito”; “El árbol de la vida”, de Klimt, y hasta el manzano de Newton… ¡Eureka! ¡Árboles!

La costumbre de abrazar un árbol tiene algo mágico, de comunión con la naturaleza. Aporta energía positiva y poder terapéutico. Son muchas las culturas milenarias que consideran el árbol como parte central de la vida en la Tierra. No en vano, desde un enfoque evolutivo, los antepasados del ser humano tuvieron su morada en ellos.

El árbol nace como semilla bajo la tierra y perdura sobre ella. El árbol necesita la tierra para asentarse, el agua para crecer, el viento para desplazar sus semillas, y con el fuego, muere y nos calienta.

Su árbol le ayudaría a desprenderse de su arquetipo y volverse un igual. ¡Todo cuadraba! Esas locuras cuerdas que jamás rondaron en su cabeza ahora eran pura lógica. Un árbol para un leñador.

La última de las tareas, la más difícil de todas, encontrar ese árbol que avivara en él las emociones que en este momento se exigía. La savia fluía por sus venas, la semilla en su cabeza, su estudio había echado las raíces y era hora de obtener la corona. Recibir la copa para lograr su humanidad.

Existen aproximadamente cien mil especies de árboles, que es un veinticinco por ciento del total de las especies de plantas vivientes. Debía analizar todos los tipos: ornamentales, frutales, de hoja caduca, hoja perenne… Revisar cada una de sus partes: raíz, tronco, ramas, yemas, hojas… Esta tarea no iba a ser sencilla. Esta labor sería el trabajo más complejo al que se había enfrentado “El notario”.

Las semanas pasaban y cada día su obsesión era más fuerte que la anterior. Por primera vez en su vida estaba disperso e irreconocible para Dorothy. Ella era consciente de que su sinceridad había creado un monstruo que buscaba compulsivamente ser humano. En esa parte egoísta que todos tenemos, tenía la convicción de que sólo su marido podría encontrar la forma de llenar su vacío: dejar de ser el hombre de hojalata y convertirse en el leñador.

Fue la noche de un martes con luna llena cuando Dorothy encontró absorto a Franz. Estaba inmerso en la lectura de otra de las guías de árboles que ya se amontonaban en la mesilla junto a cientos de anotaciones. Los libros no estaban completamente alineados con los vértices de la madera. Los apuntes no estaban en el mismo formato, había todo tipo de hojas, letras de varios colores, bolígrafos desperdigados… Eso para su marido, era el caos.

—Franz, quiero que dejes esas lecturas —dijo Dorothy— quiero que salgas a abrazar tu árbol para que vuelvas de Marte.

El desorden de la mesilla se trasladó bajo las sábanas, y al día siguiente, Franz se marchó. Sin más equipaje que su cartera y el pasaporte, estaba dispuesto a encontrar aquello de lo que carecía. Ansiaba saber qué era. Tenía trazada, por días, la ruta de los árboles alrededor del mundo. Dejó una copia a Dorothy sobre la almohada. Aquella mañana se escuchó por primera vez el despertador en la habitación.

Franz ya tenía identificados los ejemplares más singulares. Desde su tierra, Extremadura, al resto de comunidades de España. Después su búsqueda se centraría en África, Asia y América. Comenzar por los árboles señalados por los expertos era mejor opción que decidir por sí mismo. Una forma de ahorrar tiempo.

En la cuna de los conquistadores se encuentran algunas de las encinas más grandes del mundo, venerables ancianos de porte gigante que empequeñecen a quienes se sitúan bajo sus copas. También castaños y alcornoques dominan la dehesa extremeña.

Pinos, olivos, encinas, eucaliptos y robles se extienden por el resto de la península y Europa.

En África, la acacia “El árbol del Teneré”, el más aislado del mundo con ningún otro ejemplar cuatrocientos kilómetros a la redonda en pleno desierto del Sáhara.

El salto hacia Asia parece esperanzador. En la India, “El árbol Bodhi”, donde Buda alcanzó la iluminación espiritual, pero Franz sólo encontró oscuridad. En Japón, “Jomon Sugi”, condecorado por la Unesco como patrimonio de la carencia de Franz, la humanidad.

Su recorrido concluye en América. En Nevada han vivido los dos organismos más antiguos del mundo y, a pesar de que la ubicación del pino “Matusalén” es secreta, Franz pudo contemplarlo en las montañas gracias a su pericia. “Matusalén” se mantiene en secreto, debido a lo ocurrido con su antecesor “Prometeo”, ejemplo de la estupidez humana. El árbol “Prometeo” fue el ser vivo conocido más antiguo del planeta con más de cinco mil años. Este árbol vio pasar miles de años frente a su tronco hasta que a un estudiante de la Universidad de Carolina del Norte se le ocurrió cortarlo.

Después de seis meses de viaje infructuoso, durante los cuales recorrió medio mundo, se encontraba exhausto. No sintió nada conociendo personalmente todos esos ejemplares. Había abrazado más de cuatrocientos tipos de árboles sin llegar a despertar ni un ápice de sentimientos en él. Ese día recalaba en el Parque Nacional de Redwood. Estuvo más de tres horas frente a “Hyperión”, el ejemplar más alto e imponente del mundo.

Franz llegó al hotel con el pensamiento de terminar ahorcado de aquel árbol. Conocía cada tipo, cada color, cada historia… Su agotamiento había acabado con él. Su obsesión le había consumido. Se encontraba atrapado en el tornado en dirección opuesta a Dorothy.

Cuando se disponía a subir a la habitación, cabizbajo, con la camisa empapada en sudor, una mano en su hombro le detuvo.

—Señor, tiene usted una carta —anunció el chico de la recepción.

Era de Dorothy. Conocía la hoja de ruta y hasta hoy no había tenido noticias suyas. Algo tendría que contarle, pero la cabeza sólo pensaba en su cuerpo suspendido de una soga. Ni tan siquiera abrió la carta. Ya le había rondado la idea del suicidio al conocer el “Manzanillo de la muerte”, el árbol más peligroso sobre la tierra y cuyos frutos son mortales, pero ahora estaba convencido de dar el paso.

Durmió como cada noche, hasta las seis y cincuenta y cuatro, era la única de las costumbres que mantenía. Su plan de morir en la Sequoia caló en su subconsciente y lo hizo soñar con esa imagen. Los árboles mueren de pie y Franz colgado de “Hyperión”. Sabía que no podría regresar siendo el mismo que se fue. No podía volver siendo el hombre de hojalata. ¿Qué aporta a la humanidad alguien que no es humano? ¿Qué puede ofrecer al mundo?

Sentado sobre su cama, abstraído del suicidio, decidió leer la correspondencia de Dorothy. Si lo echaba de menos, él no; sus ánimos no cambiarían su destino. El tornado se había llevado su cuerpo lejos de Oz y no había manera de retroceder al pasado.

Usó el bolígrafo que siempre llevaba para abrir la carta. Era breve, en ella decía:

Ya tienes tu árbol, de tu propia semilla.

Acompañaba a la nota una ecografía, se leía:

Magnolia.

Imagen: “El árbol de la vida”, Gustav Klimt.

Fragmento: “La vida es sueño”, jornada I, escena II. Calderón de la Barca.

Juan Manuel Ramírez Paredes. Cuentos sin retorno. Madrid (2018).

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

Crea un sitio web o blog en WordPress.com

Subir ↑

A %d blogueros les gusta esto: