Huellas de carmín

Despertó con la sensación de haber dormido poco y vivir el sueño más placentero de su existencia: un pájaro que emprende el vuelo por primera vez. Aleteo de luciérnagas en su cabeza, mariposas en el estómago y un hormigueo en la piel que demandaba más caricias. La sensación era tan confortable que quiso disfrutar del instante en el que los párpados se abren para dar paso a la luz de un nuevo día. Sábanas revueltas, sabor a deseo; restos de llamas y la ausencia del incendio…

La claridad llega bajo la puerta del salón. Se incorpora atraído por el olor a café recién hecho. Sobre la mesa del comedor, dos copas de vino vacías; en el borde de una de ellas, el rojo carmín del alma que había despertado sus sentidos.

En la cocina, una taza aún caliente y la colilla de un cigarro con el mismo carmín. No había nadie… No recordaba nada de la noche anterior —demasiado vino—. Las imágenes fugaces de risas, pasión y promesas de amor eterno en un rostro desfigurado. Aún tenía su olor pero desconocía quién era. Bebió su café y se dirigió a la ducha para aclarar los recuerdos, a costa de desprenderse del sabor de aquellos abrazos y besos que le reconfortaban.

Bajo el agua, cabizbajo, sentía como el líquido le recorría desde la cabeza a los pies. Su cuerpo desnudo se había despojado de la tela de araña que lo atrapaba. Recordó entonces algunas de sus palabras: “Me encontrarás detrás de ti”. Abrió los ojos y observó como el carmín se diluía desde su espada en un rastro rojizo que se iba por el desagüe…

 

Publicado en Facebook por el Museo de la palabra.

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