24 horas

—Veinticuatro horas— esas fueron las últimas palabras que oyó de la boca del verdugo: su doctor.

Mil cuatrocientos cuarenta minutos retorciéndose de dolor en la puerta de aquel hospital, sin nada más que pensar que en la cara del doctor cuando viera que había aguantado… La muerte no pasó ni de cerca esa noche, no usó una pistola ni compró alguna droga que lo paliara; él no era un drogadicto.

A la mañana siguiente, el doctor se acercaba a la entrada y observó su cuerpo inerte; sentado en el suelo con la cabeza entre sus piernas y los brazos rodeándolas.

El muerto levantó la cabeza y mirando a su verdugo, le dijo:

—¿Lo ves, mi amor? He aguantado. Yo también puedo estar sin ti.

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