Piropo

Era guapa, no había ningún espejo que lo desmintiera. Unas facciones cálidas, con los colores exactos en cada parte del rostro que lo componía. Ojos verdes, piel pecosa y un pelo rojizo que reflejaba cualquier atardecer. No necesitaba sonreír maquillada para advertir todo aquello…

El ciego la miró y le dijo algo que aún no sabía: “Detienes mi tiempo cuando te veo”.

Aquella fotografía semiperfecta se recompuso en una nueva luz, como un astro que se ilumina al nacer: la apertura del iris, pliegues en la comisura de los labios y en los ojos. Pequeñas arrugas que sólo impone la felicidad de un instante y no el desgaste del paso de los años.
Bajó la mirada de forma casi imperceptible. Clavó sus pupilas sobre la faz que había pronunciado aquellas palabras. Sus mejillas se sonrojaron y la boca comenzó a arquearse, suave, dejando entrever los dientes que quedaban ocultos previos a la mueca.
Era un semblante sin muros, mostrando complacencia por oírse frente a alguien ajeno a los espejos.

 

Imagen: “Mujer ante el espejo”, Pablo Picasso.

 

Publicado en Facebook por el Museo de la palabra.

 

Juan Manuel Ramírez Paredes. Cuentos sin retorno. Madrid (2018).

 

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