El parque

Alba prácticamente arrastraba los pies al caminar. Tenía el aspecto del gato de Charles Perrault: “El gato con botas”. Crecía a pasos agigantados y su madre le compraba las botas un número más grande. Vestida con un peto vaquero y una camiseta blanca, perseguía el rastro de Lupo guiándola hacia la zona de juegos. Los rizos rubios se movían al ritmo de sus rechonchas y curvadas piernas.

Desde un banco, el abuelo vigilaba cada uno de los pesados andares de su nieta. Su vista distinguía los pies metidos hacia dentro, levantando el polvo. Iban remolcados por el perro que le había regalado en su cuarto cumpleaños.

Otro niño, algo mayor que Alba, jugaba haciendo cabriolas en el parque. Se movía ágil y rápido por todos esos barrotes que formaban un gran cubo rojo sobre la arena. Cuando el chico vio a la niña, saltó desde lo más alto cayendo justo delante de ella.

—¿Qué quieres? —preguntó.

Alba, que siempre oía a su padre mencionar: «todos los niños intentarán prometerte la luna pero ninguno la bajará», respondió rápido:

—¡Quiero la luna!

El chico volvió a subir al cubo y continuó con sus malabares y juegos como si no hubiera oído su respuesta. Ella lo miraba atenta desde abajo. No volvió a insistir ni preguntar, porque alguien le dijo una vez: “No preguntes por saber, el tiempo te lo dirá. No hay nada más bonito que saber sin preguntar”. No entendía muy bien qué significaba esa expresión, pero sabía que debía permanecer allí, quieta, expectante… Continuó un largo rato observando cómo aquel chico brincaba, se colgaba, subía, bajaba y volvía a repetir de nuevo todo el repertorio… Finalmente, el muchacho se descolgó del columpio y puso de nuevo junto a ella. Dejándose caer, se sentó como un indio, justo enfrente. Acarició a Lupo, introdujo la mano en el bolsillo de su pantalón, y sacando el puño apretado, alargó el brazo hacia la pequeña.

En la mano había algo pequeñito, y aunque no podía ser lo que ella imaginaba, Alba puso su mano extendida bajo el puño cerrado del niño, que dejó caer un paquetito verde.

Ilusionada, abrió el envoltorio y allí se la encontró… “¡la luna!”, dijo para sí misma. Con todo su simbolismo, una pequeña esfera blanca, una bolita de anís de esas que te dejan un sabor inconfundible en el paladar. Levantó su mirada y ambos dibujaron una sonrisa en sus inocentes rostros. Sin nada más que decir, comenzaron a jugar.

 

Juan Manuel Ramírez Paredes. Cuentos sin retorno. Madrid (2018).

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