Despegar

Puerta de embarque número dieciocho.

De los aeropuertos se dice que no hay un lugar más feliz que la zona de llegada. Punto donde finalizan todos los viajes y los destinos se dan la bienvenida.

Marco se encontraba en la puerta trasera, después de unos días en la capital portuguesa. Viajaba a sitios donde era imprescindible regresar. Ansioso de perderse en nuevos sabores, calles empedradas e historias.

Se había hospedado en Chiado, el viejo Barrio Alto. Los músicos callejeros —generalmente violinistas— despertaban a los comerciantes con canciones que se repetían en sus cuestas. “Las cuatro estaciones”, de Vivaldi; “La flauta mágica”, de Mozart; “O mío babbino caro”, de Puccini; “Por una cabeza”, de Gardel…

Disfrutaba en “A Brasileira” tomando un café con varios pastéis de nata tras ojear libros en “Bertrand” o “Ler Devagar”. Largas caminatas, saborear el mejor de los mariscos con sobredosis de cilantro acompañando la resaca de sus vinos. Las noches de jazz en “Páginas tantas” o degustar una cerveza Sagres en “Rock in Chiado”, escuchando la música de Queen.

Como recuerdo en cada uno de sus viajes, solía agenciarse algún libro. Esta vez le rondaba la idea de comprar algún ejemplar de Saramago o algún libro de poemas de Pessoa. Sin embargo, Marco optó por no hacerlo, siguiendo las palabras del poeta: “Vivir es ser otro”. Aunque le gustase la ciudad, el país, aún no entendía el portugués.

A punto de embarcar, arrepentido por no adquirir ningún texto que hiciera más llevadera la espera de vuelta a su guarida en Madrid, repasó cada uno de los pasajeros con lecturas a su alrededor. Se distraía observando lo que la gente leía, hacer psicoanálisis de sus miradas sobre los párrafos.

Una recia mujer, recién salida del taxidermista, leía a Dostoievski. En tiempos quizás fuera una “Lolita”; ahora se había vuelto invierno. Buscaba una explicación, culpando a la sociedad de su vacío, para reencontrarse con el animal que fue.

A su lado, un joven de no más de veinte años, leía nervioso “El libro de las ilusiones”, de Paul Auster. No es el libro recomendado para subir a un avión donde podría viajar la familia de David Zimmer… El destino se muestra caprichoso en tragedias y le place gritar en nombre de actores de película muda. Pero a esa edad no existen miedos.

Otra chica, rubia y de mejillas sonrosadas, miraba irónica la obra de Philip Roth, “El mal de Portnoy”. Ocultaba con su mano la portada, pero Marco pudo reconocer el dibujo. Quizás estaba descubriendo sus oscuros deseos en las confesiones de un judío, de ahí los signos de su vergüenza.

Un hombre no muy agraciado leía atento “Un mundo feliz”, de Huxley. Sin duda en su infancia fue tachado de Épsilon y asentía en cada párrafo que terminaba sobre las consignas de Henry Ford.

Al fondo de la sala, una pareja que no había dejado de besarse y acariciarse desde que llegaron. Cómplices cruces de miradas y sonrisas. Sus piernas conservaban restos de arena de playa. Ella sacó de su bolso dorado un libro de poemas de Whitman. Él reía a carcajadas mirando su móvil. No volvieron a tocarse.

Las manos de Marco estaban vacías y deseosas de cualquiera de esos ejemplares. En un momento de arrebato y envidia pensó crear el caos convirtiéndose en bombero de “Fahrenheit 451“. Como en cualquier espera, el tiempo trascurre lento y hay decepciones.

(…)

Marco no reparó en si era su sitio o el de su acompañante, únicamente se sentó cuando vio el número “11B” bajo el compartimento donde guardó su maleta. Al mirar a su izquierda, había una chica entre él y la ventanilla.

Ella le mostró su sonrisa, entonando detrás un alegre “¡Hola!”. Marco respondió de la misma forma o al menos así lo intentó. La realidad fue que su saludo había sido frío y seco, tal vez por llevar varias horas sin decir ninguna palabra.

Bajo un largo y rizado pelo negro, hundidos en una tenue piel morena, unos ojos apuntaban al objetivo. Sus enormes pupilas marrones, delineadas con lápiz negro, se clavaban en las de Marco como si hubiera visto al personaje de una novela que se supiera de memoria. «¿Habría sido Marco objeto de su análisis en la puerta de embarque?», reflexionó. Él no la recordaba. Vestía una falda roja de flores, y sandalias de cuero. Su camisa de seda dejaba ver que, o bien el frío saludo de respuesta, o el reciente paso de la recia mujer por el pasillo, la habían contagiado.

Marco se dispuso a radiografiar sus pertenencias. El equipaje de aquella chica consistía en un bolso de tela y una botella de agua. Sobre su regazo, un libro abierto, un móvil y lo que parecía una postal a medio escribir. Sólo alcanzó a ver que se dirigía a su destinatario como “Sr.”. «Tal vez, ¿su amigo?, ¿su maestro?, ¿su amante?… Todos somos aprendices de alguien», pensó mientras ella continuó escribiendo.

Para que no adivinase sus pensamientos, Marco giró la cabeza en dirección opuesta, nunca sabes los poderes que puede poseer una mujer. Al otro lado del pasillo, en el asiento de su derecha, incrustado como la espada del Rey Arturo en la piedra, visualizó el texto de Gabriel García Márquez, “Cien años de soledad”. No había nadie sentado, así que no pudo controlar que sus manos se abalanzaran sobre él… «Si mi acompañante ya tenía entretenimiento, la fortuna me ha reservado otro de mis placeres y la solidaridad del arrepentimiento», concluyó Marco aceptando el obsequio del pasajero que lo hubiera olvidado. “Un cuerpo coge a otro cuerpo”, decía Salinger.

Al abrirlo, encontró tres papeles entre sus hojas. Esas marcas que se introducen en los libros como recordatorios de las paradas de un camino que ya se ha recorrido. Detrás de la solapa, entre la biografía del autor y la página en blanco, un papel de regalo cuidadosamente doblado que debió contener la obra. En las páginas centrales, con el auge de Macondo, un panfleto reivindicativo en el que se leía: “Defiende tu educación”. Casi al final del texto, una entrada de un concierto de Aute a modo de marca páginas.

Mientras Marco cerraba su preciado “regalo”, con intención de comenzar a leer después del despegue, una pareja se sentó en el asiento del que extrajo dicho ejemplar. El hombre cedió amablemente la ventanilla a su acompañante, sentándose tras su paso. «Caballero, Excálibur ya no está en la piedra», se dijo Marco sonriendo con ironía.

Cauteloso, observó cómo aquel viajero rebuscaba en el bolsillo del asiento delantero. Durante la escena, Marco notaba que se escurría levemente en su butaca, del mismo modo que el coronel Aureliano Buendía se ocultaba del régimen conservador. El individuo no encontró nada en su interior y se dirigió al compartimento que tenía sobre su cabeza, sacando una mochila negra. Comenzó a abrir todas las cremalleras en busca de algo. La mujer también miraba bajo el asiento y entre sus pertenencias.

Aunque su subconsciente ya le avisaba a través de las acciones involuntarias de su cuerpo, tuvo que usar la razón para determinar que el ejemplar no era un olvido del anterior pasajero: era su libro. Esconderlo no tenía ningún sentido si el propósito era leerlo durante el vuelo, pues al verlo, la pareja reclamaría su propiedad. La lógica siempre como losa que aplasta.

Marco posó su mano en el hombro del varón.

— ¿Este libro es suyo? —preguntó.

—Sí. ¿Dónde estaba?

—Lo encontré tirado en el suelo —mintió sin sonrojarse y entregando a regañadientes su distracción para el viaje.

Incrédulo, el pasajero miró a Marco y le dio las gracias. Bajó la bandeja de su asiento y se colocó unas gafas de cerca mientras su mujer preguntaba cómo se habría caído. “Supongo que al levantarnos”, respondió mirando de reojo el asiento “11B”.

La mentira puede producir el mismo calor que el deseo, de ese modo el amante es tan adicto al sexo como el mentiroso a su falsedad. Marco se sentía como un quinceañero ruborizado que esconde “El amante” a sus padres.

El hombre abrió el libro por el marcador de la entrada de Aute, no sin previamente comprobar que papel de regalo y el panfleto continuaban dentro del libro. Volvió a doblar el papel de regalo de la forma correcta y lo dejó bajo la solapa.

La azafata irrumpió para indicar a Marco que no tenía puesto el cinturón de seguridad. Abrochó la correa y decidió retornar de las cruzadas para, simplemente, disfrutar del vuelo. Como atraído por un imán, giró la cabeza hacia la chica. Ya no escribía, pero continuaba con la misma sonrisa. Había contemplado toda su actuación… Quizás antes de llegar al avión.

Con su pelo negro ocultando el rostro, tomó de nuevo el bolígrafo y firmó la postal. Entregó la cartulina a un sorprendido Marco, que ni tan siquiera se atrevió a leerlo, sólo girarlo para ver su fotografía. No era una postal, era la portada de un libro: “Los ladrones de libros”, de Alonso Guerrero.

Por la ventanilla del avión atardecía.

Despegamos…

 

Juan Manuel Ramírez Paredes. Cuentos sin retorno. Madrid (2018).

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