Mariluz o la ruptura de la fantasía

Cuando Lewis Carroll escribió “Alicia en el país de las maravillas”, y posteriormente “Alicia a través del espejo”, quiso llenar de fantasía la historia de una niña real.

Su nombre era Mariluz, y era la hija de un amigo del escritor.

Mariluz descubrió, a una edad muy temprana, que cuando la realidad entra en tu casa dando un portazo, la fantasía huye despavorida por la ventana. Así es la vida: Te atrapa con sus garras y te lleva por vericuetos, laberintos y pedregales en los que te encuentras más perdido que un ciego en la escalera de Escher.

Esa realidad impetuosa y grosera te fija a la tierra, te atrae con la misma fuerza que la gravedad y te aleja de los sueños, de las ilusiones y la fantasía.

Mariluz era una chica inquieta, luminosa, imaginativa, características éstas que su madre se apresuraba en potenciar. Para ello, no dudaba en ofrecerle lecturas que acrecentaban en su mente la existencia de realidades paralelas, mundos fantásticos y mágicos seres que lo habitaban. Uno de esos libros fue precisamente “Alicia en el país de las maravillas”, el primero que escribió el Sr. Carroll, amigo de la familia. El libro posterior, “Alicia a través del espejo”, fue inspirado por la historia que os voy a relatar.

Mariluz, tras la lectura del primer libro, buscaba diligentemente la madriguera de conejo que le franquease el paso a ese mundo fantástico del que estaba convencida que debía existir.

Su madre, conocedora de sus pesquisas y pensando que no hacía ningún mal animando a su hija en sus ilusiones, le comentó que si no encontraba esa madriguera no debía desilusionarse, que tal vez estaría oculta por la maleza, pero que ella podría viajar a esos mundos a través del espejo del salón.

Peter, el padre de Mariluz, era un hombre pragmático, empírico y serio, del que su esposa decía a menudo que era un hombre “tierra-tierra”, incapaz de quitarle las bridas a la imaginación.

Pero Peter, consciente de la educación que su esposa estaba dando a la pequeña y conocedor de esas conversaciones, tomó la resolución de acabar de inmediato con lo que él definía  como cuentos sin sustancias, irrealidades que carecían del más mínimo sentido común y sin base científica que las avalase.

Un día, cansado de las elusivas divagaciones de la madre y la hija, tomó a ésta de la mano y, colocando una silla frente al espejo del salón, le dijo:

—Bien, si de verdad crees a tu madre y piensas que atravesando el espejo hay un mundo fantástico, salta.

Ella, ilusionada y nerviosa le contestó:

—Sí, mamá dice que yo soy luz, porque ese es mi nombre, y la luz puede pasar a través del cristal.

—De acuerdo —dijo el padre —Salta pues.

Mariluz tomó impulso y se precipitó contra el cristal haciéndolo añicos. Cuando su padre la levantó del suelo tenía un corte en la frente y la nariz le sangraba.

Ella, con lágrimas en los ojos dijo:

—Pero mamá decía que yo era luz, que la luz podía atravesar el cristal.

—Si hija, tú eres luz y la luz, efectivamente puede cruzar el cristal, y lo has hecho. Pero no ha sido el cristal el que te ha impedido el paso, ha sido el azogue.

Más tarde, Mariluz aprendió varias cosas: Una, que los cuentos son cuentos; otra, que la palabra azogue, además de ser un metal blanco más pesado que el plomo, usado para fabricar espejos y en otras actividades industriales, es también, en su acepción figurada y familiar la manera de definir una persona muy inquieta. Y una tercera que también le sirvió a la madre; que a la fantasía hay que ponerle bridas para que no se desboque.

Cuando Lewis Carroll escuchó esta historia de boca de su amigo Peter, escribió su segunda novela sobre Alicia, pero Mariluz y su madre nunca la leyeron.

Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.

Juan Manuel Ramírez Navarro

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