La chica del metro

Tocaba en el metro, como suelo hacer cuando quiero que desoigan los gritos sordos que no puedo sacar a pasear en mi casa. Aquel día no pasaba nadie. No hablo de que me premiasen con una moneda, pero tampoco podía disfrutar de su habitual ignorancia.

En mi autoconvencimiento, siempre me digo que no soportamos aquellas canciones que son más mortales que una pistola apuntando a nuestra sien, directamente a la memoria pasada. Quizás debería cantar esas canciones que no rasgan el alma o mordisquean alguna herida aún por cicatrizar. Quizás fuese apropiado tocar algo de reggaetón y asumir mi “Réquiem” como músico. Quizás…

Entre mis divagaciones diarias, el vendaval de una mirada con su falda al vuelo se cruzó en mis acordes.

No sabía si interpretaba un tema de Led Zeppelin o rodaba por aquellas escaleras. El instante fotografiado por mi retina y unas piernas que te hipnotizan por rápido que caminen. La única de las propinas de la mañana: su sonrisa. Hay andares que embelesan y otros que asesinan. En aquellas curvas había un sicario, sin duda alguna.

Supe entonces que no tendría mayor beneficio en la funda de mi guitarra que lo acontecido en esa fotografía. Recordé el poema de Benedetti, “Ella que pasa”. Una vez tentado no me bastaban dos o tres minutos, quería no tener nada que pudiese olvidar. Nunca he usado reloj, y de hacerlo, siempre lo tendría parado en esa hora.

Guardé apresuradamente mi guitarra en su funda y perseguí aquel aroma por los pasillos vacíos del metro.

Al atravesar la puerta hacia los tornos, pude ver su pelo rojizo desaparecer por las escaleras, descendiendo a los infiernos sin percatarse de que Cerbero seguía su rastro.

No tenía más que un paquete de tabaco arrugado en mi bolsillo y las llaves de una casa de otro dueño. Sin apenas considerar si algún miembro de Seguridad me detendría, como a Sabina cuando vengaba a pedradas contra un banco la ausencia de aquel amor de verano después de un concierto, salté por encima del torno.

Bajé corriendo los escalones para que el reloj no marcara la hora de su ausencia por más tiempo. Mis pies ni siquiera tocaron el metal de cada peldaño.

Al llegar a la planta inferior, mi corazón temblaba como el perro abandonado en un portal sin más maleta que un collar de pulgas. Debía elegir el andén exacto. En mi cabeza una única idea: que fuera el mismo tren. Sin más brújula que la intuición, que siempre me lleva al descarrilamiento, elegí el sentido norte (para perderlo).

Más escalones. Mi guitarra golpeando la espalda en cada salto. Tras la esquina llegaría al andén de la última estación. Nadie a mi lado, mirada al frente. En el extremo opuesto, tú, segunda propina. Próximo tren, un minuto…

Si había llegado hasta aquí, debo lanzarme:

 —¿Por qué has elegido ese andén, por qué no regresas a este lado? —grité.

—¿Por qué no lo haces tú?

—El tren llega en un minuto. No puedo cambiar de andén tan rápido.

—Entonces, no vengas —sentenció.

Salté a las vías sin pensar. A la derecha una luz, a la izquierda otra. Yo, pocas. Las piernas volando por encima de los raíles y dos trenes a punto de esparcir mi cuerpo en una olvidada estación de Madrid. Un traspié y la consecuencia, mi caída. Más allá de lo embarazoso, sería noticia bajo el brazo de cualquier tipo trajeado. Alguien que ni tan siquiera dedicará más que un “maldito imbécil” al leer el titular y recordar que mi atropello le costó llegar tarde a una de sus reuniones el día anterior.

Alcancé el lejano andén donde me esperaba su mano extendida. Uñas pintadas de negro sobre una piel tan blanca que recuerda el papel donde cada noche intento plasmar, sin éxito, una poesía que me aleje de lo cotidiano. Agarrándola con fuerza, subí al apeadero con el rechinar de ambos trenes casi rozando mis talones como a Cary Grant.

Frente a frente, último movimiento para terminar el viaje, un susurro: «llegas tarde».

(…)

Vuelvo del mundo de la desorientación, espero no haber estado mucho tiempo ahí. El final que me imagino me gusta, pero sigo siendo un cobarde para saltar a las vías… y los cobardes… ¡corren!

Al oír su última frase lapidaria, “Entonces, no vengas”, corrí como si en vez de ir a un encuentro, quisieran cazarme a mí. Pensé que alguien sin alma no puede ser perseguido por ningún diablo cuando está subiendo las escaleras que te llevan al cielo (Stairway to heaven).

El aliento escasea a causa del tabaco que maltrata mis pulmones. «Tengo que dejarlo», volví a repetirme mientras mis pensamientos matarían por una última bocanada de humo.

De nuevo en la planta donde decidí el andén equivocado.

Ahora ya conocía el camino elegido con la brújula de la intuición. Un camino que me señalaba como huellas en el desierto, más baldosas amarillas. Escaleras abajo. Un déjà vu con la convicción de un ratón que huele su queso en el último tramo del laberinto.

Crucé las puertas del andén a tal velocidad que estuve a punto de caer a las vías. Al girar la cabeza, observé que el tren llegaba a la estación. Justo a tiempo.

Me recompuse con la idea de poder abrazarla para no soltarla jamás, a sabiendas que la palabra “jamás” comporta un tiempo desmesurado e irreal.

Recorrí el andén con la mirada, como un francotirador en la terraza de un hotel. La mirada telescópica solo me mostró su ausencia. Sin rastro de algo que no fuera nada.

El tren se situó en su posición para dejar bajar a los viajeros, las puertas se abrieron y nadie salió.

Una puerta abierta te invita a entrar. Sin ni siquiera pensar en cuál sería el destino de ese tren, decidí entrar en su búsqueda. Si ella hubiera subido a ese tren, la habría visto, pero la razón no es amiga de los deseos del corazón.

En ese mismo instante estacionaba en el andén contrario un convoy libre de pasajeros. Vacío como si hubiera recalado en una estación fantasma de Madrid: otra Chamberí.

Sentado en el último vagón, observé que varias figuras se movían a través de las ventanas del tren que estaba frente a mí. Sabía que una de esas sombras era ella, pero…

No daba crédito. No entendía cómo era posible que no nos hubiéramos cruzado ¿Cómo habías llegado al vagón del tren donde yo debía estar sentado? Quizás mientras me imaginaba… ¿De dónde había salido toda esa gente?

El tren estaba completo, pero distinguí su rostro. Me miraba y pude leer sus labios: «llegas tarde».

 

Imagen: Javier Peña.

 

Juan Manuel Ramírez Paredes. Cuentos sin retorno. Madrid (2018).

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