Última caricia

Notaba su desnudez, su cuerpo mojado y su piel erizada como un folio escrito en braille. Tendida sobre la arena, le invadió una laxitud extrema: Los miembros le pesaban al tiempo que era poseída por una suerte de cálida fragilidad. Tenía los ojos cerrados, y hasta sus oídos llegaba el rumor del mar como un arrullo lejano. Quería hacer algo, pero en su cabeza se posó una debilidad que la invitaba a disolverse. Abrió la boca y sobre ella notó la proximidad de unos labios cálidos y húmedos acompañados de una respiración acelerada y potente. Y cuando las manos de aquel hombre se hundieron en su pecho, se perdió en una obscuridad salpicada de luciérnagas. Pero ya no pudo oír las palabras atropelladas que anunciaban a su alrededor que, pese al esfuerzo realizado, el socorrista no pudo salvar la vida de la chica que había saltado al mar desde el acantilado.

Juan Manuel Ramírez Navarro

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