La cama elástica

Me encanta sentir la hierva húmeda bajo mis pies descalzos.

Caminaba entre las flores, los árboles y la paz. En medio de la nada, en un claro entre tanta maleza, una chica saltaba sobre una enorme cama elástica. El suelo era verde y el cielo estaba completamente azul. En medio de ambos paisajes una chica marrón descendía rápidamente para rebotar sobre el elástico y alzarse como un globo hasta casi no distinguirla en las alturas.

Se fijó en mí cuando yo hacia rato que la observaba. Me miró. Nos miramos.

Sin mediar palabra alguna, me subí a la cama elástica. Nuestros ritmos, al principio, eran descompasados. Cuando uno  de nosotros caía y el otro se levantaba tras rebotar. Cuando ambos nos alzábamos a la vez, uno ascendía más alto y el otro descendía más rápido. La sensación durante la caída daba miedo. Mis pies se hundían sobre la lona y ésta me impulsaba más alto en cada salto. Podía ver el mundo y casi rozar el cielo con la punta de la nariz.

De repente, como un tic tac, como se acompasan los acordes, los ritmos o el corazón, saltábamos al unísono. Nos elevábamos muy alto. El descenso comenzaba a ser peligroso porque, de movernos mínimamente cuando estábamos en el aire, no caeríamos sobre la cama elástica. Sentí como ella se abrazó a mí muy fuerte. Yo la abracé del mismo modo, agarrándola como te aferras a la vida cuando un peligro te acecha.

Después del abrazo desapareció la sensación de miedo. Ya no nos encontrábamos cayendo, ni había ninguna cama elástica. Estábamos suspendidos, lejos de los ojos del mundo, del suelo o de cualquier prado.

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