La pulga

En un alarde Kafkiano desperté como Gegorio Samsa, protagonista de “La Metamorfosis”. En este caso, el insecto estaba identificado, era una pulga. Me encontraba bajo las sábanas de tu cama.

Observaba cómo dormías y tus “enormes y largas” piernas se postraban a mi alcance. A unos pocos milímetros para ti y un largo camino para el insecto, que era yo.

Sin pensar en nada más que recorrer tu cuerpo, comencé mi andadura. Tras horas correteando sobre la cama, alcancé por fin el pie. Tuve la sensación de haber conquistado la montaña más alta jamás escalada. Sobre el tobillo izquierdo descansé, disfrutando del momento y las excelentes vistas que aquel cuerpo me brindaba. Podía sentir tus cosquillas y ver mi sendero. Como si se trataran del poema de Neruda: “Blancas colinas, muslos blancos…” Aquella panorámica terminaba donde pierde el sentido la vista y comienza el “va y ven” de tus caderas.

Intenté contener el deseo de surcar cada recoveco, desde donde alcanzaba ver hasta aquello que aún ocultaba el horizonte y estaba fuera de mi alcance. El intento fue en vano. Ya me encontraba como extasiado, blandiendo cada palmo de la pierna que conquisté como mía, sorbiendo su sangre debido a mi condición de pulga. Es mi alimento y mi vida.

Fui avanzando, desde la pantorrilla, rodillas, muslos… Bajo el elástico de tu ropa interior donde me detuve para incumplir uno de los siete pecados capitales. Si existe un infierno arderé allí, arderé por cómo pequé de la gula.

Estaba agotado, pero ahora la lujuria como siguiente pecado que cometer para afrontar tu espalda, tus pechos, tu cuello… Quizás avaricia también, e incluso… ¡soberbia! Por ser el conquistador. Por no querer poseerlo, si no tener la certeza que es mío y regocijarme e hincharme con mi conquista.

Fui comiendo de ti, engordando con tu sangre sabiendo que podría costarme la vida. Sería una muerte dulce, como su sabor, sobre tu cuerpo semidesnudo, enorme, magnífico…

Por fin llegué a tu boca. Debía morir allí, con un beso. No imagino una forma mejor de despedirme.

Arrastrando mi exhausto cuerpo alcancé tus labios. Tu respiración era agitada, parece que sentías como devoraba cada palmo de ti; mi deseo. Cerré con fuerza los ojos a la espera del final.

Entonces sentí tu lengua dentro de mi boca. Había amanecido totalmente y me abrazabas fuerte. Supe que no lo soñé, y que si había muerto en los labios que hoy me daban los buenos días, ya era inmortal.

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