El abogado

No se apreciaba la luz del día, a pesar de que las ventanas se encontraban abiertas para sofocar el calor de la noche. Daniel, despierto desde horas inciertas, observaba como el ennegrecido techo de su habitación se aclaraba con la llegada del alba. En ese instante la cama, que en horas previas había intentado expulsarlo como si de un extraño se tratara, lo abrazaba y atrapaba insinuando a Morfeo.

Antes de incorporarse, un último vistazo para ver si algún alma había recalado al otro lado del lecho. Ni rastro, sólo su mujer. Fumaba el primer cigarrillo del día. No tenía en cuenta aquellos que había fumado en el trascurso de la noche. Desvelado y sentado en la

cama, ausente de esos momentos. Preparaba el café sin ánimo de despertar, ya lo hacían sus demonios nocturnos. Aspirando niebla la cabeza desatendía cualquier eco de la noche. Por último, organizaba la agenda del día que se iría cumpliendo de forma profética en el trabajo.

Daniel era abogado. Trabajaba en un importante bufete de Madrid. Se definía como una persona responsable e irónica para la función que debía desempeñar. Era experto en quitar hierro a cualquier problema, fuera cual fuera el caso que tuviese entre manos. El secreto —se decía— era que la persona que contratara sus servicios, independientemente de ser inocente o culpable, tenía que sonreír una vez dentro de su despacho. Sin artimañas, trucos, ni psicología. Debía conseguirlo tan sólo escuchando y mirándole a los ojos. Una sonrisa, si la acompaña una mirada sincera y una atenta escucha, podría tranquilizar al mismísimo diablo.

Sus clientes se sentaban frente al escritorio en uno de los dos sillones de cuero. Ubicados en el centro de la habitación, le permitían distinguir las facciones de sus representados. En el pacto, la mesa como trinchera para comenzar la guerra; encima, las fichas del Stratego para atender la contienda, y una pluma Mont Blanc para sellar la paz.

Pudiera ser que en frente se sentara un asesino con ojos de cordero. Tal vez una mujer infiel en busca del divorcio y la cabeza de su marido. Una rata de alcantarilla intentando salvar cantidades indecentes de dinero robado. Todos convencidos de su completa inocencia o razón para cometer el delito. Ese era el tipo de clientela que recurría a Daniel: culpables sin escrúpulos.

Ganaba todos sus casos con la exposición rotunda de una verdad maquillada. Sin vestigio ni mueca de la mentira. Empatizaba con sus protegidos y ambos eran plenamente conscientes de su honradez. Una presentación de la defensa con argumentos aplastantes. Daniel sobre el estrado evocaba a Gene Kelly en “Cantando bajo la lluvia”. Armonía en cada una de sus palabras. El baile de gestos dentro del juzgado para conquistar al público. Locura transitoria trasladada del defendido al defensor y gancho de derechas para el jurado. Victoria por K.O. técnico.

La secretaria le sacó de sus pensamientos avisando de una nueva visita. Su nuevo cliente, la víctima que le haría culpable de una nueva victoria, el condenado que derrotaría la verdad para salir indemne. La puerta se abrió. Fue entonces cuando se vio entrar a sí mismo, sonriente, empuñando con fuerza su tridente.

 

Juan Manuel Ramírez Paredes. Cuentos sin retorno. Madrid (2018).

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